Se vale estar triste, se vale tener humedecido el rostro y la cabeza agachada. Se vale, se vale salir a correr en medio de la lluvia, se vale fumar ese cigarrillo que dejé, se vale darse una ducha con la ropa puesta. Se vale escribir poemas sin rimas, se vale gritar esa canción que me hace llorar, se vale apagar las luces y sumergirme en las olas de la cama. Se vale esperar, se vale tomar vino y estar sola, se valen las rolas que no me gustan, se vale tocar la armónica, se vale retomar por enésima vez el mismo libro, se vale volver a llorar, se vale dormir desnuda, se vale contemplar la luna desde la ventana, se vale, todo se vale. Mientras la vida transcurre, se vale sentir todas esas emociones que quiero descubrir, y aunque el camino duela, nunca será en vano el haber arriesgado. Las ganas abandonan mi cuerpo y mi mente se siente agotada, pero sigo aquí, tratando de sonreír, escondiendo al mundo el vacío de mi pecho. Sigo aquí, tratando de susurrar esa canción que tanto me gusta.
Estás aquí, estamos aquí, quienes no deberíamos existir, pero estamos. Aferrada a esta vida, intentando creer, con ganas diminutas de abrir los ojos y encontrar eso especial que me haga vibrar, moviendo fibras por aquellas sensaciones que consideré perdidas. La desolación, la desesperanza, son estados que la vida me muestra para que tiemble mi alma. Voy viviendo en un nido donde no encuentro el calor necesario para sobrevivir. Un vaivén de espacios en diferentes tiempos, creando historias en mi cabeza, mi mente no descansa, en ella están esos mundos donde quisiera habitar, donde en las noches puedo ser feliz, donde el amor reina de una forma sublime que hace que todo parezca la misma perfección. Encarnada en pequeños detalles como volar, como sentarme en el desierto y con mi pie, tocar el océano.